Augusto Cruz encuentra “Londres después de medianoche”

Londres-después-de-medianocheLon Chaney. El hombre de las mil caras, como los catedráticos de cine le conocen. No había oído hablar de él hasta que un mexicano decidió escribir sobre uno de los misterios más famosos sobre el séptimo arte, la desaparición de la que se ha considerado la primera película de vampiros de la historia. La dirigió un tal Tod Browning, parece ser director de culto para los entendidos, hoy por hoy llamados freaks – posiblemente haciendo honor a la película que también dirigió, estaría por ver – y que fue más conocido por el film Drácula, allá por el año 1931. Ésta fue protagonizada por uno de los más conocidos vampiros de la época, capa en ristre, Bela Lugosi, primero en el escenario, después en gran pantalla. Y si esta admiración tenemos que agruparla en un solo concepto, quizá deberíamos hablar de dos nombres propios: Edward James, que de bastardo real pasó a ser excéntrico surrealista, y el afamado Forrest Ackerman, “Forry” algunas veces, coleccionista y catedrático cum laude en cuestiones sci-fy y freakismo. Pero aún se echa en falta un nombre, una batgirl de nombre Lunette, más conocida – o desconocida si tenemos en cuenta su carrera – como Edna Tichenor. Os preguntaréis a qué viene tanta obsesión por el cine mudo, el vampirismo, el coleccionismo, y todos estos nombres, para algunos muy conocidos – os envidio – y para otros de ignorancia cinematográfica – me incluyo. Todos tienen en común cierta película de culto, desaparecida misteriosamente, y que el escritor mexicano Augusto Cruz parece haber encontrado, al menos dentro de la ficción de Londres después de medianoche.

“El mundo debería tener misterios reservados para que podamos seguir viviendo”

Augusto Cruz

Una vez introducido el elenco de la novela, un servidor tiene a bien darse el gusto de desgranar ciertos aspectos de esta, subjetivamente hablando, maravilla de la literatura. Maravilla porque si consideramos que la trama principal es la búsqueda de una película de culto del cine mudo, la forma que el autor ha escogido para narrar la historia es más que excepcional. Párrafos extensos donde los diálogos están incrustados, analogía de las intervenciones implícitas de los actores en un film como Londres después de medianoche. El espectador interpreta, movimientos y expresiones mediante, el significado de la obra, y Cruz ha sabido crear una atmósfera absolutamente cerrada al misterio, en blanco y negro, donde son los párrafos los que transmiten la semántica. Cruz demuestra un gran conocimiento de temática, no sólo por la estructura, sino por la maestría con la que adapta situaciones reales de la vida de cada uno de los personajes – algunos críticos clasificaron Londres después de medianoche como una especie de pastiche, chapeau si realmente se le puede considerar – a una ficción correlativa, digna de una road novel, en la que el protagonismo individual realza una narración paralela con la vivida por el protagonista.

Un afamado coleccionista contrata a McKenzie, un ex-detective del FBI para encontrar la única copia de una película que se supone despareció al poco de estrenarla, pero que él vio cuando era joven. Partiendo de esa base, la correlación de las intervenciones de cada uno de los personajes transcurre paralela a la narración, por parte del protagonista, de su vida junto a uno de los hombres más poderosos que ha habido en los Estados Unidos, Edgard Hoover, el primer director del Bureau de Investigaciones. Un paralelismo digno de mención, ya que Cruz muestra una red de secretos de estado, investigaciones por parte del director, donde prima el motivo de la venganza, el chantaje, y que es completamente comparable con la dureza de las adversidades que el protagonista se encontrará en la búsqueda de la película. Dos tramas paralelas que se convierten en triángulo al aparecer un excéntrico millonario cuya única meta es impedir que la única copia del film salga a la luz. Dos coleccionistas, uno de arte, el otro de secretos, y un excéntrico en contra. A partir de ahí, toda clase de dificultades – mafia y traficantes de droga en México, mansiones perdidas en la selva bajo la roca de la montaña, y un viaje a lo Kerouac pero de estilo freak – se le presentarán a McKenzie, el cual aprenderá una lección mucho más importante que ser el mejor detective y lograr su cometido.

“Leía la novela, luego el guión (y sus versiones) y después veía la película. El elemento sorpresa desaparecía pero fue un proceso de gran ayuda para comprender el lenguaje literario, el del guión y la representación final en imágenes”

Augusto Cruz

Una lección como digo que le ha valido a Augusto Cruz que le considere un verdadero monstruo del desenlace, y de la narración. Es sorprendente como después de lidiar con una literatura cinematográfica muda, siendo capaz de plasmar perfectamente lo que en palabras de Norma Desmond sería “y sin diálogos. No necesitábamos diálogos. Ya teníamos rostros” dentro de la novela, de capear el misterio de la mano de la acción y la aventura, el autor remata Londres después de medianoche con un giro emocional y psicológico como pocos han conseguido en la literatura.

Londres después de medianoche no sólo es una lucha por encontrar la más preciada obra cinematográfica para aumentar la colección de un excéntrico. Londres después de medianoche no es sólo una mezcla de novela de misterio y policíaca. Londres después de medianoche bien podría ser aquello por lo que el ser humano se siente obsesionado, lo desconocido, aquello que nunca podrá ser visto. La búsqueda de la solución a un misterio, la búsqueda de unos monstruos que nos acompañan desde pequeños, y que no siempre llevan capa, ni colmillos, ni se apellidan Lugosi, pero que son esenciales para vivir. El único monstruo de la novela en Augusto Cruz, extraordinario en su literatura. Extraordinaria Londres después de medianoche.

Rubén Soriano

MML

Londres después de medianoche

Augusto Cruz

Seix Barral