Un mal día para cualquiera, un día cualquiera en Desterro. Manuel Barea

162_PortadaGrande Martín Bierzo. Más grande Asencio. Telma parece tenerlos bien puestos. Y qué decir de Korine. LaBlum compite por ser el más fantasma de la corruptela policial. Un mal día para cualquiera, sí señor. Novelas que dejan mal cuerpo y que dan ganas de enmarcarlas como joyas al estilo trofeo en la pared de la barra de un bar de carretera. Todo el mundo al entrar –si tienen lo que hay que tener para entrar– preguntaría quién ha cazado semejante ejemplar. La respuesta de Telma sería algo así como “no te mereces ni siquiera mirar esa joya” a no ser que te lo ganes a pulso después de un “¿qué le trae por Desterro?”. No se sale de Desterro si se vacila. En Desterro se actúa, y si sigues con vida, te vas. Pero con otra vida. No será ya nada igual. No es una novela cualquiera. Es un trofeo que hay que merecerlo. Desterro es Manuel Barea. Barea lo ha cazado. He salido de Desterro y ya nada es igual.

Sorprendente entrada. Os reto a que después de leer este artículo, leáis Desterro y acto seguido, volváis al párrafo que acabáis de leer. A buen entendedor, pocas tonterías. Y es que no hay novela negra sin un ambiente cruel, de convicciones ocultas, de dinero manchado de sangre, de encargos llenos de masa gris esparcida por los asientos de un Bentley, y de una mujer del sheriff más corrupto y amo del lugar que no termine hasta la misma de ser una perra faldera y los ovarios se le suban a las venas de los brazos con los que empuña una Colt. Desterro es todo ello y más. Desoladora novela donde los personajes no son ellos mismos, sino una transformación de la locura infernal en el preciso instante en que se adentran en el pueblo por la calle Principal y paran a tomar un vaso de agua, o un solomillo con guarnición en el Bifenilo.

Una novela donde te imaginas los ojos. No prestas atención a las palabras, lees con precaución, porque al fin y al cabo, deseas salir de Desterro. Y acompañas a Asencio. Solo hay una forma de salir, y es esa. Todo sigue igual

No sé como afrontar un escrito sobre esta novela. Ya anticipé que desde que salí de Desterro, no es lo mismo. Sí puedo hablar de sensaciones, más si cabe, o de los personajes, aún más, o del lenguaje del señor Barea. Pero no sé si debiera. Nada es lo que parece. Quizá deba lanzar dinamita para pescar las palabras que me alienten a escribir. Porque Manuel Barea no deja ningún personaje a la deriva en un bote en el lago cerca de Desterro, ni en el taller de la calle Principal cruce con la calle Primavera. Irónico, ¿no? Sinónimo de vida, y es de lo único que se carece. Porque todos los personajes son ellos mismos, a cuál más cruel, no porque su personalidad lo requiera, sino porque la vida los ha vuelto crueles. No estarían en Desterro, si no. Dicen que soy único interpretando, que parece que vaya de viaje cada vez que explico qué me ha contado el autor con su novela. Y las comparaciones, esas víboras. Mi cabeza no estaba en Desterro muchas veces, estaba en esa licorería clandestina, en ese Santuario, en esas almas, más de mil, que aparecieron ante mí hace tiempo y que siguen rondando mi persona… Soy único, posiblemente, pero esos son los sentimientos.

No hay disculpa alguna en Desterro. Y no solo son las balas las que hieren, y matan. Señor Barea, qué arma más peligrosa su pluma –dedos, posiblemente– que en los diálogos dispara a matar sin rodeos. No sé si por encargo de Chiris –cuidado con el Bentley, o con el maletero del Nova– pero las directrices marcan la diferencia. Como dije, a buen entendedor, pocas palabras. Frases cortas, directas, no se necesita más. Porque la esencia no es alargar la agonía, bastante es ya Desterro, donde demasiada gente cada día compra un billete. Una novela donde te imaginas los ojos. No prestas atención a las palabras, lees con precaución, porque al fin y al cabo, deseas salir de Desterro. Y acompañas a Asencio. Solo hay una forma de salir, y es esa. Todo sigue igual.

Pocas palabras bastan, así continúa. Manuel Barea, nivel dios. No tengo más que decir. Porque llegué a Desterro, y sí, se sale, pero nada es igual. Lo dicho, nivel dios.

Rubén Soriano

MML

Desterro

Manuel Barea

Editorial Alrevés

Aquí podéis encontrar la ficha del libro

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