las_cuentas_pendientes_gaston_seguraTengo en mente ahora mismo la imagen de Zuloaga. Sí, el señor del billete de quinientas pesetas. No sé si por alusión a la confianza depositada en la añorada economía –aunque huelga decir que la juventud precede al conocimiento en persona de dicho papel–, o por amor a comprender el por qué de ciertos y asombrosos actos que el pasado nos restriega por la fachada. Todos tenemos nuestras propias cuentas pendientes y cada uno de nosotros somos capaces de reconocerlas, pero muchas veces es necesario que nos entreguen una mitad con la cara del señor Zuloaga para que despertemos de nuestro aletargado hacer y así, hacer frente. Las cuentas pendientes de Gastón Segura son suyas, por supuesto, pero no únicas. Sobre todo, si las lees.

La corrupción, esa mole que persigue en color rojo y gualda –libre de ofensa– el día a día y que, sean ahorros de caja o vagonetas de parque, nos aliña las cinco sesiones en las que rodeamos la mesa, es un personaje más que típico en muchas de las novelas de género. Para ser original uno debe ingeniárselas para que el disfraz de esa compañera diaria sea el más acertado según la zona carnavalera. Un Gastón Segura que deja entrever la situación cual localizador vía satélite, propone al lector un viaje de ticket abonado por las costas del urbanismo a medio construir, lleno de raíles torcidos que conduce la vagoneta por todo tipo de injurias interesadas en esconder la verdadera escritura del pufo inmobiliario, y que tanto bolsillo ficticio ha nutrido, ya sean de Cajas de Ahorro o de Bancos Centrales. Pero la peor de las corruptelas, el sufrimiento por desbaratar un futuro que no interesa en el momento y que después pasa factura, es el verdadero final de este viaje, mezcla digna de montaña rusa con casa del terror.

Gastón Segura propone al lector un viaje de ticket abonado por las costas del urbanismo a medio construir, lleno de raíles torcidos que conduce la vagoneta por todo tipo de injurias interesadas en esconder la verdadera escritura del pufo inmobiliario, y que tanto bolsillo ficticio ha nutrido, ya sean de Cajas de Ahorro o de Bancos Centrales

Raquel, esa mujer que ya no está y que aún ahora lleva de cabeza a un Ernestito que aparece como deudor de esas facturas pasadas. Esa causante de las desgracias de un olvidado amante, perseguido por unos documentos amados por todos y enfrascado en encontrar la respuesta. Esa responsable de que una mitad de billete sea pasaporte a la desesperada y –sí, el calificativo que va a continuación es apropiado– disparatada carrera de un 318 por caminos de lujo podrido e hirientes conversaciones que no llevan sino a la muerte al estilo “maleta innecesaria”. Sí, esa Raquel. Ernesto y Raquel. Personajes, al fin y al cabo. Dueños de Las cuentas pendientes y pregoneros de aquello que decía el mismo autor en su presentación de que los personajes guían la historia.

Pero no es hasta que esa segunda persona del narrador, valor más que añadido a esta lujuria de palabras, te dice qué les estás contando a esos dos guris con los que estás hablando cuando te percatas de la osadía del señor Segura a desafiarte, señalándote con el dedo y diciéndote que tus cuentas pendientes son tuyas, y que de alguna manera vas a tener que confesarlas, se llamen Cipri, Javier o como quieran llamarse. Ha tenido el valor suficiente para utilizar un canal estrecho y encauzar toda esa corriente de aire que no cabe en los pulmones y que se necesita para respirar, tensando el conocimiento de esos vocablos que él mismo entenderá y que los demás aprenderemos. Vanidad la que muestran las descripciones, osadas también, y empecinadas en narrar y dejar la función de colorear a la que los siglos las han obligado. Novela de género y además, sofisticación narrativa. Atrevido el señor Gastón.

Las cuentas pendientes deben dejar de serlo. Gastón Segura se atreve, Ernesto se ha atrevido. Quizá no me quepa tanto aire en los pulmones para seguir ese ritmo, o quizá discuta con esa segunda persona que me señala. La editorial Drácena se ha atrevido con las suyas. Un servidor ha saldado esta cuenta pendiente. Me reafirmo, vale la pena. Ya tengo la otra mitad de Zuloaga.

Rubén Soriano

MML

Las cuentas pendientes

Gastón Segura

Drácena Editorial

Aquí tenéis el enlace a la página de la editorial

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