la-libreria-penelope-fitzgerald¿Puede una simple narración, un sencillo argumento esconder un altísimo grado de denuncia social, de revolucionaria lucha por ser uno mismo? Hoy en día puede parecer una simple pregunta a la que se responde con una respuesta clara y concisa, pero si la trasladamos a finales de los años 50, quizá las palabras se agolparían formando un bucle de argumentaciones que, miedo a parecer incorrectas – socialmente hablando – o inapropiadas, no solucionarían la batalla de seguir las creencias de uno mismo. No viví aquella época, no sé si por suerte o por destino, pero el significado a estas palabras, a día presente, no ha variado mucho. En el fondo, hablando para mis adentros en el preciso momento en que cerré La librería, sentí un desasosiego interno que me dejó pensativo durante bastante tiempo. ¿Luchamos por lo que realmente creemos, por lo que necesitamos o por lo que nos mantiene con fuerza para seguir? ¿Dejamos que lo que los demás creen que es mejor, más apropiado, sea lo que nos guíe día tras día? Aunque nuestros propósitos no salgan adelante, aunque fallemos en nuestros proyectos, muchas veces ese ánimo, esa fuerza, desaparece. O eso pensamos. Penelope Fitzgerald abre interrogación, y espera que los lectores concretemos la pregunta. Y la respuesta.

No es fácil tener la ilusión de abrir una librería en un pueblo de la costa este de Inglaterra, y no fracasar en el intento. O triunfar. Florence Greene es una muestra de ello, y se decide a seguir adelante en el proyecto. No tardan en aparecer opiniones al respecto, pirámide social con prioridad de palabra, e intereses ocultos floreciendo según pasan los días. Lolita, hija de Nabokov, coloca la guinda encima de un pastel del que nadie pasa desapercibido. Sencillo argumento, como comentaba al principio. Pero lo más complicado, a lo largo de las ciento ochenta páginas, es el reto de sobrevivir. Quizá más apropiado sería… sentirse vivo.

Fitzgerald utiliza la caracterización de los personajes para unir todos los entresijos de una sociedad real, propia de finales de los 50, marcando sólo aquello que refleja lo esencial en una lucha de clases, de motivación, sueños, y de sistemas.

Pensemos por un momento en la actitud mostrada por cada uno de los personajes de la obra, a fin de comprender perfectamente la esencia de una narración tranquila, con sus toques de ironía anglosajona – han comparado a Fitzgerald con la gran Austen, y a mi parecer no van muy desencaminados. El realismo marcado de una Violet Gamart – la protagonista nunca se dirigirá a la dama por su nombre de pila, falta de respeto, o resultado de una creencia jerárquica – cuya única función es mantenerse erguida en la estratosfera social de Hardborough, y manejar al resto de habitantes haciéndoles creer, sin más, qué es más adecuado. No es de extrañar que salgan antagonistas, personas que apenas salen de casa pero que son imagen de razón y sensatez. Fitzgerald utiliza la caracterización de los personajes para unir todos los entresijos de una sociedad real, propia de finales de los 50, marcando sólo aquello que refleja lo esencial en una lucha de clases, de motivación, sueños, y de sistemas. Qué mejor que una niña de once años para plasmar esa revolución personal hacia lo que uno cree, mezclando astucia e inocencia, y una visión objetiva de la vida.

Hay algo grandioso y que Penelope Fitzgerald ha sabido explotar a conciencia en La librería. Además de los puntos que unen a cada uno de los personajes, el triunvirato que forman la protagonista con Lolita – la llegada de la novela de Nabokov a Hardborough fue toda una revolución – y con ese poltergeist marca la línea argumental más evidente en la novela. Una lucha por seguir adelante con sus proyectos apoyada, de manera mágica, por ese rapper que le incita a no dejarse vencer, batallando día tras día sin amedrentarse, y por otra parte, el riesgo con la venta de una novela sensacionalista – en la época – y que va a revolucionar a toda una sociedad, complementan una majestuosidad literaria expresando elegantemente toda una semántica impropia de los cánones establecidos socialmente hablando.

Considerada como una outsider, Penelope Fitzgerald no solo habla, con toques autobiográficos, de una convicción, de llegar a una meta personal, cueste lo que cueste, sino que hace partícipe al lector de una revolución propia en el interior de cada uno. En La librería, literatura por bandera, cada uno somos parte de un mundo, en el que la individualidad se complementa con la colectividad, pero todo ello sin dejar de ser uno mismo.

Rubén Soriano

MML

La librería

Penelope Fitzgerald

Impedimenta

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