santuarioCuando intentas despojarte de la impresión de una lectura, y acabas siendo consciente que al menos durante cierto tiempo no vas a ser capaz, es cuando empiezas a darte cuenta que hay cierta literatura que nunca podrá desaparecer. Aunque sea un escritor ya consagrado, aunque sea un clásico leído, releído y estudiado, aunque sea un icono de algún movimiento literario, es tu percepción la que conduce tu propio juicio, es tu mente la que almacena las sensaciones que esa novela ha producido, y más importante aún, producirá en un futuro dentro de ti mismo. Y es cuando inicias la construcción de tu propio refugio – sanctuary, a la literatura me remito – y que comienzas a visitar de vez en cuando. Ya sea una obra escrita en apenas tres semanas, – en verdad fueron cuatro meses, si seguimos algunas investigaciones posteriores – ya se le considere un potboiler, – hoy por hoy, quién no escribe por recompensa – o ya sea una historia basada en hechos reales sufridos o no, una gran obra literaria no entiende de nombres ni de estilos. Qué más da. Sigo sin poder desprenderme de la totalidad de las imágenes de Santuario. La historia más desagradable, terrible que mi memoria alcanza, ha resultado ser una especie de refugio, una perfección literaria creada por William Faulkner.

No es de extrañar que más de uno, quizá dos, se llevara las manos a la cabeza cuando leyera esta novela. Una cadena de acontecimientos, a cuál de todos más desgraciados, paralelos a cada uno de los personajes, a cuál de todos más degradados y extraños, ambientada en una sociedad sureña americana, más extravagante si cabe en esa primera mitad del pasado siglo. Los negros son simplemente negros, los borrachos son más borrachos, los maleantes y traficantes tienen aún menos escrúpulos, pero más que los que se consideran personajes de bien y de correctos quehaceres. Los burdeles son antros sociales, el tráfico de mercancías de alta graduación son las bases de la ley seca, y las deliberaciones de los jurados duran ocho simples minutos, tiempo más que suficiente para corroborar la modernidad que se establece poco a poco en un mundo atroz, despiadado, con jovencitas atrevidas, inocentes hasta que se demuestre lo contrario, y abogados de los que ni ya por aquel entonces quedaban. Y todo ello en tres semanas de dedicación, entre bourbon y desquicio vivido.

todo aquello que a la mente humana puede parecer indescriptiblemente horrible, narrado con un talento, precisión, estilo literario que muy pocos pueden alcanzar

 Difícil tarea la de agrupar todos estos elementos bajo un mismo techo y que la confederación de estados asociales resulte ser de una perfección asombrosa. Faulkner silencia más que narra, como buen ciudadano de una sociedad desagradecida, y no es hasta plantear la historia desde los diferentes puntos de vista cuando los traslados en el transcurso de los hechos se alinean para vislumbrar un majestuoso terror en la trama. No quiere ser partícipe de esta irónica destrucción moral de una sociedad de principios de los años 30, y deja en manos del lector el sufrimiento, la maldad individual colectiva – si conseguimos descifrar el código de lo moral y lo amoral – y el juicio – con –pre opcional – sobre unas situaciones dantescas, más allá de lo literariamente convencional, y de lo socialmente aceptable.

La desviación de los diálogos, la densidad semántica dentro de cada una de las intervenciones, junto a descripciones fuera de lugar, extensas como noches de ingestas desproporcionadas de ginebra, incluso la variabilidad en el ritmo en el que se intercalan los acontecimientos, no son más que enfatizadas connotaciones de una grandiosa perplejidad emocional, – mazorca de maíz en mano, – en la que el lector se inmiscuye dentro del laberinto moral que Faulkner plantea a lo largo de un refugio, diseñado para que los largos monólogos interiores discurran inteligentes sin más dirección que la de fotografiar, retratar la desolación de un mundo desprotegido, con sus propias leyes, depravado. Una jovencita universitaria más atrevida que víctima, un fabricante de alcohol para el contrabando, la mujer de éste que cría a su hijo dentro de una caja, un borracho sin más pretensión que la de ser, aunque se lo crea, un abogado más pobre por conciencia que por otra cosa, un pobre negro sin ser más que lo que es, y un delincuente al que se hace llamar Popeye, unidos todos por la fatalidad, la demencia, un vocabulario perfecto y una narrativa inteligente. Un prostíbulo de elegancia literaria – Miss Reba estaría pletórica con esta alusión – en el que el único método de pago es la perfección literaria.

No voy a convertirme en un Malraux – un poco excesivo considerar la introducción de la tragedia griega dentro del género policial – pero sí reitero que William Faulkner describe todos estos elementos y los enlaza en una historia de negra perfección, desde todos los puntos de vista posibles, todo aquello que a la mente humana puede parecer indescriptiblemente horrible, narrado con un talento, precisión, estilo literario que muy pocos pueden alcanzar. Si bien en un principio su editor le aseguró que no podía publicar semejante atrocidad, Santuario ha resultado ser una majestuosa referencia para la literatura de género, donde los valores morales, el comportamiento humano, hacen mella en la concepción de buena literatura que cada lector, consciente o inconscientemente, construye al finalizar su lectura.

Rubén Soriano

MML

Santuario

William Faulkner

Alfaguara

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Un comentario en “Santuario, la más horrible historia que William Faulkner pudo imaginar

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