cubiertatrompetaEn una de tantas películas donde la música y la raza van de la mano, escuché una frase, más bien un modelo generalizado de reproche, en la que un pequeño – en tamaño y edad, no así en valor – afroamericano, negro de color, sin ápice racial, le recriminaba a un chulito descolorido descubridor de un género rítmico y versado de robarles a los suyos uno a uno todos los estilos musicales que ofrecían realmente vida a la misma vida. Quisiera resaltar esta última afirmación, porque eso de ofrecer vida a la vida no resulta muy coherente si no se aprecia el contexto, ni se siente en el interior de uno mismo. Quizá peque de sentimentalista, en mi infancia y adolescencia la música formó parte de mi existencia, y aún hoy hay una pequeña cantidad residual de ese sentimiento que corre por mis venas. Pero lo que sí creo que está generalizada es la opinión de que la música entiende, sufre, siente, vive. Cuando Dorothy Baker habla de “música de hombres que miran hacia el pasado con sabiduría más que hacia el futuro con fe”, ya destilaba gota a gota la pura esencia de lo que es una vida marcada por el ritmo, las notas y la pasión. Y El chico de la trompeta es una de esas novelas que transforman la música en palabras, y las partituras en momentos de la vida llenos de ritmo, arreglos, estribillos, y esperanza de ser uno mismo.

No pretendo dar una clase magistral sobre el jazz, no sé mucho sobre el género. Pero Baker me ha hecho vivir sensaciones que van más allá de ser un experto, simplemente contándome una historia sobre un músico, un trompetista de jazz para quien la música era la única que tenía el derecho a decidir sobre quién era él, y quién debía ser. Un blanco en un mundo de negros, como el protagonista se define a sí mismo, y a quien lo único que le dicta el corazón es que sólo hay un mundo, un mundo donde se aprende a sobrevivir a base de esfuerzo, de insistencia, de coraje. Un mundo donde actos tan sencillos como compartir un habano con un negro, disfrutar por primera vez de una conversación íntima siendo tan solo un niño son tan grandiosos como el mejor trompetista de jazz que pueda existir. Incluso sin entender muy bien por qué no se puede tratar a una persona con la piel más oscura que la de uno mismo de la misma manera que tratarías a un igual. Sin entender por qué la forma de vida debe ser diferente vivas donde vivas, seas de donde seas. Sin entender por qué un tipo de música solo puede ser la forma de vida de una raza, y no de todos. Sin comprender por qué la gente no entiende que la música es vida, y no entiende de color, raza, religión, sólo de pasión, entrega, confianza, y paz.

Baker dirige, con un lenguaje sin fronteras, a una banda de músicos, con la batuta agarrada firmemente, a través de diálogos llenos de vitalidad, hacia un mundo sin diferencias, pese al orgullo, sin excepciones.
El chico de la trompeta describe de un modo lineal todos los aspectos del fuero interno del protagonista. Al mismo tiempo que vamos descubriendo como se desarrolla la vida de Rick Martin, nos adentramos en una sala donde el alcohol, el humo, el sonido vibrante de los instrumentos hacen que sintamos la partitura en la que se convierte la novela, disfrutando compás a compás de todo aquello que siente un chico que aprende a vivir según su instinto, y al que la vida le ofrece todo lo que desea, porque así lo quiere de verdad, y al que el afán de superioridad le destruye, exigiéndose más de lo que se puede llegar a soñar. Baker dirige, con un lenguaje sin fronteras, a una banda de músicos, con la batuta agarrada firmemente, a través de diálogos llenos de vitalidad, hacia un mundo sin diferencias, pese al orgullo, sin excepciones.

Hablamos de una historia simple, un argumento llano, un vocabulario que no entiende de clases, y un ritmo con una base melódica donde el lector es el que improvisa, haciendo las alteraciones a la melodía principal que se crean convenientes, o simplemente porque el instinto lleva a hacerlas. Hablamos del jazz, donde esas improvisaciones desmontan los cánones de la racialidad social a golpe de percusión; donde las florituras y arreglos en las partituras nacen del sentimiento personal; y donde las buenas melodías nacen de las buenas bandas. Porque básicamente, la música une. Dorothy Baker une. Porque El chico de la trompeta une. Porque El chico de la trompeta es una de las buenas partituras de jazz. Posiblemente Bix Beiderbecke la interpretaría como nadie lo podría hacer jamás.

Rubén Soriano

MML

El chico de la trompeta

Dorothy Baker

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