50276729Cuando en la infancia llegas un buen día a esa clase de gramática y el profesor te anuncia las temibles conjugaciones verbales, piensas que el mundo se acaba, que todo lo que tienes a tu alrededor te odia como tú odias las judías, las lentejas, y todo aquello que tu madre te dice que es bueno para ti. Porque sabes que por muy sencilla que pueda parecer la primera, – siempre me ha caído bien la a con la r – tu inconsciente subdesarrollado te avisa de que algo malo te va a ocurrir en un futuro muy próximo. Esa maléfica i que acompañada de esa enigmática r te invita a salir al mundo real, demostrándote que soñar puede convertirse en sonreir, pero que oculta el odiar, saltando a discutir, para convertirse en envidiar, y que a obviado el entender – la segunda siempre ha sido la de la discordia – que puedes destrozar tu vida pensando que lo eres todo sin llegar a ser nada. Si ya de pequeños luchamos contra una información encubierta en la inocencia de la infancia, mucho peor es vivir engañados por el orgullo de creer, siempre con el nos, perfectos, como la primera conjugación. Y es que la vida no es perfecta, como el pretérito, esa infancia, ya pretérita, y pasa de ser la a con la r a ser el in con la justa, intereses mediante, jodida y/e (in)satisfactoriamente dolorosa. Toda una información sobre la vida que, como bien asegura el gran Martin Amis, viene siempre de noche, en forma de sueño (¡Ay, muchacho! Esa a con la r de soñar, qué criminal) y posiblemente referida a algo oscuro, algo que tenga que ver con la muerte (morboso, parece). La información que uno mismo posee.

Llamadme polémico, tocabolas o como queráis, pero es el argumento de una novela, y como diría un conocido, que sabe de conejos un huevo, aquí “hay telita”. Literaria. Personal. Información, por supuesto.

No he dejado de pensar mientras La información penetraba en mis adentros en cómo sería un mundo de la guisa que plantea Amis. Puedo parecer insensible, patético, o mala persona, va en los genes humanos, pero que un escritor esté de capa caída, – más bien su vida sea un caos digno de un Lawrence lowryano – y que según pasan los días se adentre más en los círculos ambiciosos del éxito profesional y personal, sin más resultado que el destrozar más su vida si cabe, puede llevar a debate hasta la más infranqueable de las paciencias. Y si la editorial que creía en un principio en él prefiere hacer caja con literatura de gasolinera, de aeropuerto, de utopías utópicas, sin más ojo que el del famoseo post-venta, ya hablamos de un plus que se acerca. Llamadme polémico, tocabolas o como queráis, pero es el argumento de una novela, y como diría un conocido, que sabe de conejos un huevo, aquí “hay telita”. Literaria. Personal. Información, por supuesto.

Unos dicen que hay pinceladas autobiográficas en la novela. Otros que la literatura de Amis puede llegar a ser misógina, racista, y lindezas por el estilo. Solo digo que me parece auténtica de pies a cabeza. Aunque hay esbozos de influencias colocadas estratégicamente por las casi quinientas – ahí es nada – páginas, quizá la ironía, el sarcasmo, y la dura crítica a una realidad subyugada a la ficción sean las notas predominantes en esta ópera de trauma, sufrimiento personal, envidia traicionera y alcoholismo empolvado. Personajes construidos a base de fracasos profesionales, éxitos encontrados por casualidad, linajes reales viciosos, y visiones familiares descontentas, junto a individuos de calle que de negros ya sólo les queda el color, profesionales que dicen ser, ganancias superficiales y calidad literaria que no engorda la caja diaria. Pomposos actos de publicidad para porquerías escritas sin sentido, porquerías de espectáculos para literatura subjetiva de calidad. La información de todas esas contradicciones paralelas condicionadas desde la infancia, con un gemelo que confunde la t con la d, – ¿O era la p con la g? Me siento Marco, el gemelo – y otro gemelo que va más allá de su edad. La literatura de nuestro querido Amis es un compendio de analogías de la vida misma, escritas desde la incomprensión personal de un narrador que tampoco entiende el por qué, y que lleva al protagonista a destrozar su vida porque la vida es injusta, sin parar a pensar que él es el primer injusto en este mundo lleno de información.

Perfectamente La información podría pasar por un artículo de actualidad en cualquier prensa sensacionalista – y sigo en la oscuridad bucal lobuna – aunque no creo que la intención fuera más allá de la ficción autobiográfica – políticamente correcto, que no se diga. Dos escritores, uno de éxito sin saber escribir, simplemente porque vende, y otro al que el pan le viene de las aburridas reseñas de autobiografías, con novelas sin titular, y al que desprecian. Martin Amis es ironía, es personaje, es sarcasmo, es venganza ficticia, es inteligencia semántica, es información. Algo de oscuridad en todo esto, ya sabéis, La información llega de noche. Y día a día,… se ve, se ve.

Rubén Soriano

MML

La información

Martin Amis

Anagrama

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