shutter_island_ok_300x459Allá por el año 80 del siglo pasado, un tal William Hurt realizó un Viaje alucinante al fondo de la mente, acompañado, como si bajara cada uno de los círculos con Virgilio, de Ken Russell. Huelga decir que en un viaje de esas dimensiones, las imágenes adquieren un protagonismo vital, más allá del encale barbitúrico-emocional y de las ansiedades personales. Un simple y continuo ruido de la mina de un lápiz cuando marcas un trozo de papel, o una simple ola en una bahía recordándote un feliz momento en tu travesía matrimonial, puede convertirse en desquicio o en amor melancólico, según se atreva ese misterio a la que llamamos mente a considerar cada uno de estos rasgos. Plantearlo de otro modo sería más fácil, pero, ¿se puede hacer en determinados casos? Rodearse de individuos cuyos viajes mentales van desde el desorden hasta la violencia esquizofrénica no ayuda, en el mejor de los casos. Ashecliffe o la estación destino. Dieciocho kilómetros hasta la salida. ¿Se puede salir de Shutter Island?

Preguntémosle al señor Dennis Lehane, y de paso, veamos a un Teddy Daniels (Edward para los conocidos) vivir sus cuatro días de viaje alucinante, nunca mejor escrito. ¡Oh, sí! Un Federal como la copa de un pino, yendo en ferry, la única vía de llegada, hasta una isla a dieciocho kilómetros del puerto de Boston y que, al más puro estilo Alcatraz, alberga un centro penitenciario para reclusos con enfermedades mentales. Mal fario tener que ir allí, y más para investigar la desaparición de una reclusa, esfumada a lo Copperfield, más sin posibilidad alguna de haber abandonado la isla. Shutter Island, amigos. La travesía hasta la mente. Destino, el hospital Aschecliffe.

La travesía de Lehane a través de Daniels no escatima en oscuras pinceladas del noir americano. Es más, va a por todas, fuera del hard-boiled, y fuera de las ondas clásicas más admiradas. La psicología en Shutter Island no sólo es el elemento principal de la trama, sino que es el camino al profundo significado de un ser humano que se desconoce a sí mismo, y que por salvarse, pierde el control básico de la concepción de la realidad, de lo correcto, o de lo estrictamente natural. La densidad de la narrativa de Lehane en este aspecto aglomera una serie de claustrofóbicas sensaciones en la lectura que aviva la depravación íntima del personaje en cuestión, dejando de lado a los co-protagonistas por momentos, y utilizándolos como apoyo para limar asperezas en los límites de esa aglomeración. No es más que el desarrollo del terror a la conciencia de ser, y descubrir el por qué.

Bien habría que aclarar que unas características como las anteriores activarían la imaginación hacia una visión errónea de Shutter Island. Una trama donde el centro es una investigación federal, no es más que la propuesta de una cuestión personal a cada uno de los lectores. ¿Es una investigación federal por la desaparición de una peligrosa reclusa? Realmente, ¿qué se está investigando? Lehane nos ofrece, más bien nos propone, que seamos nosotros mismos, los lectores, los que sigamos a Teddy Daniels en la investigación, que conozcamos realmente qué piensa, qué revive, qué le hace vivir, o qué le hace desear estar muerto. Porque si el autor nos deja un legado en esta novela, es el personaje. Los personajes. Cada uno de ellos. Incluso los que están… digamos, ¿no-presentes?

El personaje, ese elemento clave que define realmente una trama. Maestro de la personificación de carácter, Lehane dibuja a sus seres humanos como una perfección divida en partes necesarias y complementarias. Construye cada uno de ellos sin desviar la atención de su propósito, que no es más que encaminar al protagonista en el viaje a descubrir la verdad sobre una desaparición, la desaparición de una conciencia llamada Rachel Solando, disfrazada de reclusa peligrosa, y caracterizada como conspiración médica nazi. Los personajes en Shutter Island se convierten en pilares básicos que van marcando el hilo narrativo propio de una novela psicológica de este nivel, y la fusionan con el género negro de forma excepcionalmente perfecta.

No sería un viaje alucinante al fondo de la mente si el hilo narrativo no tuviera de esquizofrénico. Con todos mis respetos a posibles ofensas, nunca de más, la locura del Hospital Ashecliffe se traslada a todos los recuerdos que destrozan a Daniels, llevando al lector a vivir un pasado que se hospedó en la mente del protagonista y que se resiste a salir, trasladando la conciencia más allá de una coherencia argumentativa. Desesperante, aterradora, cruel, pero sobre todo, indefinible. Al menos mientras no se pueda definir, si uno quiere.

Dennis Lehane deja un amargo sentimiento de indecisa locura en este viaje a una isla en la que solo hay medicamentos, locura, vigilancia, y pruebas médicas. Reclusos que son y que no están, que se escapan y nunca existieron, un amor dentro del recuerdo que se dedica a destrozar alma, cuerpo y mente, y un faro que puede albergar el misterio de lo más buscado. Solo una frase más, sin verbo. Sentimiento de culpa. Aceptación. Coherencia, conciencia, y salud mental. Investigación, sí, pero…

¿Estamos los lectores realmente a dieciocho kilómetros de Shutter Island?

Rubén Soriano

MML

Shutter Island

Dennis Lehane

RBA Serie Negra

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