El hombre invisibleHablar de novela negra puede resultar agotador, más por las dimensiones que pueden alcanzar las características que la definen que por la intensidad de las mismas, aunque no estén exentas de ella. Desde un crimen hasta la corrupción, pasando por la infravaloración humana y la humillación, el alcoholismo y la depravación, todo son caminos que llevan a un mismo punto, y que únicamente difieren en el estilo narrativo de la trama utilizado por el amo (y siervo, a veces) de la pluma firmante. La facilidad de adaptación lectora al género “noir” también es cuestionable, incluso digna de debate entre críticos, dependiendo de las expectativas que el espectador pone al pasar las primeras páginas. Cuando uno se encuentra cara a cara con Christoffer Carlsson, la sensación de duelo se apropia del ambiente y comienza el pulso lector-autor, irrumpiendo con fuerza dichas expectativas por un lado, y la madurez en el género por otro. El hombre invisible de Salem podría ser el claro ejemplo de justicia equitativa en la lucha por mantener la verticalidad. Una simple ecuación, una fórmula al alcance de unos pocos: a más expectación, más madurez. Y la incógnita se despeja, dando como resultado una gran novela de género negro.

No son palabras vacías si tenemos en cuenta la propuesta. El enfoque caótico de tres puntos de partida encuentra su magnífico orden dentro del universo de Leo Junker, un policía suspendido, anteriormente relegado a formar parte del despreciable departamento de Asuntos Internos de la policía de Estocolmo, y que se encuentra en mitad de un asesinato en su bloque de viviendas. La vida de Junker sufre una violenta conmoción al encontrarse con su pasado retorciendo su presente y haciendo peligrar su futuro. Y estos tres tiempos son los que vigilarán, organizarán y darán las órdenes a una trama trenzada desde la psicopatía de los barrios bajos de una gran ciudad, en su lucha por la supervivencia dentro de un mundo de drogas, prostitución y alcoholismo, maltratos y mala vida. Quizá estemos hablando del epicentro de El hombre invisible de Salem, más allá del crimen inicial, más allá de su investigación, y más cerca de la oscura honestidad de todos sus protagonistas. Carlsson antepone el estilismo temático a la acción narrativa, apoyándose en el intervalo que separa la adolescencia del protagonista de su presente policial, diferenciando perfectamente qué es lo que mueve la desesperación actual, su humillación como espejo de la muerte más psíquica que física. La perfección en el uso paralelo del pasado adolescente y el presente como agente de la ley conduce al lector a un descenso al infierno personal motivado por el entorno social, la presión autodestructiva de la moral, y la autosuficiencia en la vida dentro de una sociedad donde lo único que importa es llegar dignamente al día de mañana, sin importar la naturaleza de esa dignidad.

Si antes mencionábamos que Carlsson con El hombre invisible de Salem era el perfecto ejemplo de verticalidad en ese duelo lector-autor, no hay más razón que la unidad de todas las características del género negro dentro de esta novela, respondiendo a su tiempo a cada una de las expectativas del lector. Si bien el crimen inicial ya responde a la primera premisa y la involucración de Junker en la investigación responde a la siguiente, aún simplemente por el hecho de vivir en el mismo edificio y que su curiosidad como policía lo implique de lleno en la investigación, el tiempo en la novela da cuenta del resto de imágenes propias de la “noir”, aumentando el ritmo, la presión, y la fascinación por cómo el autor va resolviendo poco a poco ese caos organizativo y la irracionalidad en la trama con un viaje a una época difícil, llena de maltratos, correccionales, alcohol, corrupción, y humillaciones (muchas veces propias y auto infringidas). Son tres sendas independientes enlazadas entre sí por una misma pregunta: ¿Es la vida en sí misma la que provoca que acabemos con la nuestra propia?

Dar intensidad y profundizar en los efectos devastadores de la infravaloración, la dependencia y el fracaso personal es algo que, aunque de soslayo, Carlsson procura hasta el mínimo detalle. Utilizando el vocabulario propio, directo para cada momento, viajamos por una banda sonora que acompaña a cada uno de los personajes en su estado anímico, a través de los recuerdos de Junker. Siendo una historia de amor implícita la que cierra el círculo de esta novela negra, ya con la letra de Strangelove de Depeche Mode abriendo la historia intuimos que nada va a ser fácil dentro de la oscura percepción que ya se nos plantea desde el inicio. Desde Bullets de Rebecca & Fiona, pasando por Dolly Parton, Nine Inch Nails, Billy Idol, llegando incluso a Abba, Carlsson da pistas al lector de que el mundo de las drogas, de la decadencia personal va a ser una constante durante todo el viaje, y que la muerte es una aliada en la desolación individual del “nada que perder, nada que demostrar” (Dancing with myself, Billy Idol).

El hombre invisible de Salem reúne todo lo necesario. El paralelismo con el film El Santo a mitad de la trama, incluso el momento Regreso al futuro vivida por los dos adolescentes en uno de los fragmentos destacados de la adolescencia, vincula a Christoffer Carlsson con la profesionalidad y la madurez en plasmar un juego entre el presente y el pasado, en juzgar el desahucio de la personalidad por voluntad propia e inconsciente, recogiendo el fruto del hundimiento psíquico que se sembró en un ambiente precario, incluso llegando a la muerte. No podría ser de otra forma; Carlsson no sólo le da la vuelta a la novela negra en sí, sino que le da la vuelta para hacerla regresar de una forma completa, haciendo una reflexión sobre esa pregunta que se formulaba. En realidad hay un crimen. Pero la vida asesinó hace mucho tiempo. Sólo falta averiguar quién es esa vida y quién en realidad está verdaderamente muerto. Buena novela negra, o más bien, totalmente desgarradora.

Rubén Soriano

MML

El hombre invisible de Salem

Christoffer Carlsson.

Alianza Editorial (serie Alianza Negra)

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