9788493907662Llegados al punto en el que la experiencia de un lector afila propósitos culturales, literarios en su totalidad, con la característica asumida de la obtención de placer al leer una buena obra literaria, es momento de cribar efectos secundarios y asumir un papel más elevado del de mero observador. Demasiadas veces, a mi gusto (creo que nada sibarita), he observado (además de leído) la sensación de integrarse en la historia narrada, el vestir la propia piel de los personajes y el “engancharse” al libro desde la primera página (nunca pensé que pudiera escribir esta última frase). Por eso creí en su momento necesario que alguien me diera un revés literario, alguien entrenado para ser capaz, y que ese alguien me acercara a un mundo donde todo es distinto desde el punto de vista del lector. Ese revés no solo ha cumplido su cometido, sino que la energía con la que me ha atizado ha dejado la huella de la mano marcada (transcrita). Novela carcelaria es el tema que nos ocupa, y citando a Jonathan Lethem en el epílogo que escribió en En el patio, diré que ésta en cuestión “es la novela que necesita la cárcel”. Malcolm Braly, allá por el 1967 la hizo posible. Damià Alou, con una traducción más que sublime para Sajalín Editores, ha ayudado a corroborar las palabras de Lethem. Bienvenidos a la cárcel de San Quintín (California). Y bienvenidos a la literatura carcelaria de Braly; sin celdas; sin barrotes. Estamos dentro.

La visión que la inmensa mayoría de los humanos tenemos de las cárceles se estrella contra los muros que delimitan la prisión de Braly con una fuerza descomunal. Posiblemente el hecho de que Braly conozca de primera mano qué se esconde dentro de esos muros haga que ese ambiente de realidad desmesurada no se llegue a perder durante los meses que el lector va a permanecer encerrado en la cárcel de San Quintín, conociendo sus habitantes, de todo tipo y clase, tamaños, olores, enfermos y más enfermos, o menos. Porque es la historia de una colección convicta, su día a día, sus duelos psicológicos, sus auges, sus caídas, sus destrucciones, todo ello con una conciencia tranquila y perturbadora que roza la pasividad emocional por parte del narrador y que alimenta ese aire gris que rodea en carácter a toda la historia. Braly destierra la violencia dando paso a la insurgencia del amor propio de cada uno de los personajes, convirtiendo la estancia en la prisión en una analogía de la realidad lejana (más bien ajena a cualquier ciudadano de a pie, al menos de aquellos de bien, y de no tan bien aún sin atrapar) a la vez que cercana. Engaños, trapicheos, sobornos, ejercicio, empleo, Braly construye un universo paralelo dentro de esos muros no tan diferente al exterior, con la confianza plena en su narrativa, con un vocabulario propio del que conoce no sólo la crueldad (no física exclusivamente) sino también el progreso personal como síndrome huidizo de la desesperación.

Y es que Braly en En el patio une las palabras con delicadeza sin perder el estilo al más puro espectador convicto. No deja detalle a la imaginación, no quiere que se desconozca ni un solo movimiento tanto físico como psíquico dentro de los muros no por ello mostrándolos abiertamente. Juega con el lector a un juego telepático, dejando que uno a uno interprete las cartas según la mano que juega.

Es mucho lo que se puede llegar a conocer partiendo de la narrativa de Braly. El hecho de que el autor vaya estableciendo puentes entre las diversas historias de cada uno de los personajes lleva a globalizar intrínsecamente el existencialismo de una simple historia. Una historia que se conoce, se intuye, y que enlaza la percepción por parte del lector de una psicológica diversidad humana con el propio punto de vista sobre un hecho no tan fuera de lo común. En el patio muestra una dureza cruel exenta de agresiones físicas (casi en la totalidad), una vida difícil en la que la supervivencia se solapa con la propia personalidad, y que Braly acentúa con un lenguaje propio de una típica evasión hacia la intelectualidad. Sorprende además la naturalidad con la que expone las diferentes humillaciones auto-infligidas personalmente de cada preso; así, por ejemplo, Hielo Willy hace suya el arma del líder controlador ante el miedo a sucumbir a la debilidad del sentimiento humano, en forma de homosexualidad reprimida; la honestidad de Juleson es su propia mina anti-persona; y la enajenación mental de Palo le lleva a una locura desesperante. Todo un clima de autodestrucción utilizando la descripción, el sueño, las imágenes y un tono gris que se oscurece más aún ante la desesperación de sus protagonistas. todo ello provoca un único efecto en el lector, y es el propio entendimiento y la íntima interpretación.

No creo que una imagen de Malcolm Braly pueda llegar a ser verdadera, ni que contrarreste las propias que habitan en la mente humana. En el patio muestra algo más que una imagen. Muestra una literatura de realidad paralela, donde un trapicheo, una sumisión, un soborno, una advertencia, incluso una simple rutina llega a ser el pan de cada día, y el hundimiento moral de la propia persona, hasta el punto de no querer salir de allí, sentir la vida dentro de esos cuatro muros vigilados como la única que se puede vivir, donde se encuentra uno a salvo. Quizá Lethem quería decir esto con lo de que En el patioes la novela que necesita la cárcel”. Porque En el patio, el gran patio, además de ser una historia, es una vida. O varias. Ahora solo falta descubrir si ese patio está dentro de los muros de la cárcel de San Quintín.

Acaba el recuento de las diez. En breve apagarán las luces. Quizá por los barrotes distinga la silueta del vigilante de la galería.

Rubén Soriano

MML

En el patio.

Malcolm Braly.

Sajalín Editores.

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