Oigo-sirenas-en-la-calle-Adrian-McKintyLeyendo al gran Sallis, James Sallis, en sus Vidas difíciles, me encuentro con una cita intertextual de André Guide sobre las novelas detectivescas, negras en su generalidad, describiéndolas como una narración en la que “cada personaje intenta burlar a los demás y la verdad aparece poco a poco a través de la niebla del engaño“. Leyendo, por otra parte, una entrevista, con motivo de su anterior novela, al autor oriundo de Carrickfergus, Adrian McKinty, me llama la atención una especie de dicho muy popular en las tierras celtas del norte de Irlanda en el que “digas lo que digas, no digas nada“. Y si rizamos el rizo, me vienen a la memoria varias escenas de una de mis películas de culto (personalmente hablando) sobre Irlanda del Norte y su conflicto más universal, En el nombre del padre. Escena, por ejemplo, cuando los dos muchachos con dos palos encima del tejado imitan a un guitarrista venido a menos y la pasma los confunde con francotiradores. Revuelo tremendo el que se arma. Barricada en la calle, mujeres, niños, hombres, perros y todo ser viviente nacido en las tierras del Ulster impidiendo a la policía seguir con su cometido. Y los jóvenes huyen por pasadizos, encubiertos por la vecindad, e interrogados al final por los cabecillas. Perfecto. Ahora es el momento de unir todas estas citas, escenas y dichos en una misma narración. Le sumamos un crimen, de los buenos, de los “jodidos de cojones”, y tenemos Oigo sirenas en la calle. Adrian McKinty.

Cuando conocemos al protagonista, el inspector Sean Duffy, ya notamos que la cosa no pinta bien. Para la historia, me refiero. Policía católico en Belfast, ahí es nada. Eso es echarle un par. Los católicos le odian por ser de la pasma, y los policías y los protestantes por feniano (insulto a los católicos de muy mal gusto). Además independiente en su manera de actuar y vivir. Joy Division, Neil Young, los New Order, Robert Johnson o Ella Fitzgerald, una banda sonora en su vida más que suficiente para descolocar a cualquiera de sus compañeros, y un olfato instintivo para provocar al peligro, y a alguien más. McKinty está dando una visión global a su literatura, a qué se va a encontrar el lector durante las más de cuatrocientas páginas de realidad ficticia, un retrato en tres dimensiones a lo que fue el Ulster a finales de los 70 y principios de los 80. Ya podemos hacernos una idea bastante certera de qué sirenas escucharemos por las calles de Irlanda del Norte.

Hay un crimen, por supuesto, como casi toda buena novela negra que se precie. Y de los fuertes, dentro de una maleta, sin extremidades ni cabezas, y con tatuaje incluído. Pero subjetivamente, McKinty usa el elemento clave del género para conducir una trama mucho más allá de lo pura y estrictamente detectivesco. La crueldad de la vida en aquellos años en la Irlanda del Norte es carne de cañón para este autor que no tiene pelos en la pluma, denunciando en forma de ficción una corrupta complicidad entre ambos bandos, una economía sumergida que financia el despecho territorial, y un odio encarnecido entre ideologías que se tiran los trastos a punta de escopeta, cócteles molotov, e insultos variopintos. Duffy (y en su defecto, McKinty) lidiará con cinismo una situación más que drástica, donde el engaño tapa la verdad, y una vez destapada poco a poco (empieza a caerme bien el André Guide) se ocultará tras el orgulloso matiz de la corrupción política y del poder.

La investigación llevada a cabo por el inspector Duffy lleva a internarse en varias visiones. Quizá el “vive tu vida, no te metas en la mía, pero sigue unas reglas” esté muy presente como interpretación a una situación que va cruzando la línea entre la clandestinidad y la verdad. McKinty nos presenta una historia en la que hay reglas concebidas pero que la moralidad gana terreno al sobrevivir. También el autor es reincidente en la idea de la huida. “Este lugar está muerto, huye a América, Inglaterra o donde sea, aquí no se vive” es una sensación colectiva contra la que el protagonista luchará día tras día. Ayudado por el alcohol, la buena música (esa banda sonora que nadie a su alrededor conoce), y su profesionalidad sui generis, Duffy transmitirá un sentimiento patriótico a lo largo de toda la novela, con su punto álgido casi al final, que será cuandoo essta visión se haga más latente. Como vemos, McKinty colorea de negro una situación drástica, con pinceladas de realismo, ya no por el crimen en sí, sino por una espiral degenerativa de corrupción, malestar, odio, franqueza, y enfrentamientos terroristas que llevará a una convivencia imposible a la que sobrevivir. Aunque se oigan sirenas.

Literatura rápida, con unas frases directas a la sentencia, pero con un cariz del intelecto derivado en segundas intenciones. McKinty demuestra su peculiar narrativa mezclando un suave alcoholismo verbal con un humor negro, coloquial rozando lo insultante, tensando aún más la cuerda que une el género negro con la imagen real de los acontecimientos narrativos. Son sirenas que se escuchan allá donde se lea. Un desquiciado sinvivir trasladado al papel con una elegancia anglosajona sin olvidarse del lugar de donde se viene. Adrian McKinty. Vuelvo a utilizar el adverbio. Subjetivamente, un grande del género negro europeo actual. Oigo sirenas en la calle.

Here the English version

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