9789875669802La intelectualidad literaria ha recorrido muchos caminos a lo largo de la historia de la literatura. Seguro que coincido, sin tener conocimiento de ello, con muchos críticos que recurren al arte de narrar como la meta más perseguida conscientemente por parte de los autores. Arte de narrar de la mano de esa precisión lingüística y narrativa conlleva a la historia de una argumentación controlada, aunque sea sin sentido. Unir palabras en unas estructuras perfectas, unas detrás de otras, y simplemente narrar. Literatura. Habría que plantearse, pues, la cuestión de la necesidad imperativa de hallar en una novela, dejando a parte el género dramático y el lírico, una esquematización exacta de la argumentación, previa si nos referimos a la autoría. Quizá en estas líneas descubramos luz.

No me cansaré de repetir una y otra vez lo curioso que resulta descubrir autores y obras literarias de las que nunca escuché hablar. Serán clásicos, imprescindibles, y todo lo que se les quiera llamar, pero hasta que no te hundes en el océano literario no aprendes a discernir entre literatura y literatura. Y ya metidos de lleno en el mundillo éste tan voluble, sorprende más la capacidad de estos maestros de las palabras de unir líneas dispares de texto inteligente y tejer una hermosa red de argumentaciones y llevarlas así a la unidad de una narrativa completa, coherente, precisa, y excelente. En la historia personal de un servidor en el ámbito lector, quizá la sorpresa haya llegado hoy. La excepcional literatura que me acaba de mostrar Ricardo Piglia no tiene precedentes en mi propiedad. Caótica en mi comprensión a primer golpe de página, puesto que no podía distinguir la direccionalidad narrativa, Prisión Perpetua ha marcado de por vida mi entendimiento genérico de la literatura. Sólo hay un género en esta obra. Y es el género de la literatura.

Alguien en el futuro puede combinar las palabras y obtener la historia completa de una vida o varias historias posibles de una misma vida repetida en distintos registros”. Una frase que resume a la perfección el mensaje directo de Piglia en Prisión Perpetua. Dos novelas cortas, nouvelles, paralelas, en las que el autor no sólo constata la supremacía de las palabras sobre cualquier etiqueta literaria sino que pone de manifiesto la inteligencia verbal, narrativa y semántica del simple hecho de narrar. En la primera de las nouvelles, Prisión Perpetua, Piglia narra el principio de su vida, su traslado familiar a Mar del Plata, y la historia de Steve Ratliff, un eterno escritor cuya novela nunca acabó, o quizá la acabó muchas veces, que se mudó desde Nueva York a Mar del Plata siguiendo al amor de su vida. Encuentro en Saint-Nazaire, la segunda novela corta, cuenta otro episodio de la vida del autor en la Maison des écrivains et traducteurs de Saint-Nazaire. Allí también conocerá a un peculiar personaje muy similar a Ratliff, posiblemente otro paralelismo entre las dos nouvelles: Stephen Stevensen.

Abríamos esta referencia con la duda de si una estructura organizada, lineal, con una direccionalidad en la trama es necesaria a la hora de escribir, o leer, o entender una novela. Ricardo Piglia nos demuestra en estas dos novelas cortas la supremacía de la narración y de las palabras, más allá de esa argumentación. Un diario, una autobiografía, o un ensayo. No importa. Diversas ideas unidas para completar un todo. Ideas sin unión aparente, excepto las palabras y la manera de narrar. Sencillo, conceptual, pero con una profundidad semántica, el estilo de Prisión Perpetua va más allá del carácter individual de una novela carcelaria, y se adentra en el campo de la percepción de la narración, en el que se intenta aliviar el encarcelamiento literario a través de las palabras. Locura unida a la comprensión, Piglia escribe, narra, y cuenta una vida, una historia. ¿Fácil de entender, de seguir el hilo argumental? Más bien fácil de disfrutar de las palabras. El lector se puede perder en Prisión Perpetua, pero vive la historia.

No sé si la cuestión principal puede aclararse en estas líneas, o si las palabras escritas, una tras otra, plasman la realidad de Prisión Perpetua. Quizá se ha tratado de narrar. Cierro el libro de Piglia y durante unos instantes, un minuto, dos a lo sumo, permanezco con la mente en blanco con la vista fija adelante, mirando sin ver. Y solo acude a mi mente una palabra. Elegancia. Una palabra más. Literatura. En su más plena esencia.

Rubén Soriano

MML

Prisión Perpetua

Ricardo Piglia

Debolsillo

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