sudariosCreo que ya ha llegado la hora de ponernos serios, y coger la novela negra por los cuernos, dejarnos de memeces (en sentido figurado, las obras literarias mencionadas hasta el momento en esta página bien se merecen un majestuoso respeto) y hablar de verdad del género. Uno de los grandes. Uno de los padres. Con agallas. Metiendo cizaña sin mirar pelo. Eso es, Horace McCoy. Y por cómo y cuando vivió, no creo que fuera para llevarse una pasta gansa. Él mismo lo dijo: “Los sudarios no tienen bolsillos“, así que, de cabeza al meollo, sin taparse la nariz al lanzarse al océano de la mentira, la corrupción, el poder y el fraude. Aunque,… ¿hasta dónde se puede llegar con la gallardía necesaria? La nariz siempre acaba tapándose, sea con nuestros dedos o con los de otro.

Leyendo a McCoy, uno se para a pensar hasta dónde el ser humano es capaz de dejarse llevar por la pasividad, el miedo a la represalia, o el interés económico propio. Dolan, un periodista que rebosa hartura de mediocridad en la información, decide descubrir por él mismo los límites de una sociedad clasista movilizada por el dinero bajo mano. Estamos en la década de los 30, aunque parezca que sea actual. Sí, Los sudarios no tienen bolsillos es de esas novelas que plasman una realidad ficticia que confunde al lector en el aspecto temporal, dada la cercanía a la vida real. Una agresividad en el vocabulario, que no escatima en veracidad en los diálogos, lleva a una brutal rapidez en la lectura creando un sentimiento de gravedad en los hechos, y llevando la tensión atada muy corta. A pesar de ello, es una literatura muy sencilla, propia de la literatura hard-boiled, de fácil lectura y comprensión, pero carismática en cuestiones temáticas, más allá de la violencia o el crimen. En pocas palabras, que no deja títere con cabeza, y sin disimulo alguno.

Los sudarios no tienen bolsillos es el claro ejemplo de la denuncia social a la corrupción, al engaño informativo, a los intereses económicos de los más poderosos, dispuestos a callar cualquier voz que desvele cualquier realidad oculta a la vista de todos. Pero más que nada, es una lección de humildad para todo aquel que levanta castillos en pro de lo que es justo, moralmente y socialmente. Cuando decía que no deja títere con cabeza, me refiería no solo a la clase alta y media. No solo a aquellos que ganan mucho dinero a costa de sobornos, a aquellos que su posición social les permite manipular la sociedad, o a aquellos que ven una salida fácil a sus penurias aceptando el dinero manchado por la soberbia, la altanería, y la corrupción. Ni tampoco a un sistema policial corrupto. McCoy destapa una vida que es puro teatro. Plasma con su violencia verbal una movilización de boquilla, y su personaje es el puro ejemplo de la frustración al ver que todo aquello en lo que cree es una mera pantomima, que todos son títeres movidos por los mismos hilos. Y si cortas las cuerdas, no te mueves, no vives. Ya está Myra para hacer de Pepito Grillo.

Las imágenes que McCoy dibuja en Los sudarios no tienen bolsillos, como la compañía de teatro que nace por el placer de actuar, fuera de toda administración interesada, que se convierte en una ansiedad por triunfar y ganar, las imprentas dispuestas con valentía a lanzar las denuncias sociales y que en el momento se sienten amenazadas abandonan, o un matrimonio no autorizado por pertenecer a dos clases sociales diferentes, son las pautas de una sociedad movida por el miedo, la avaricia, y la hipocresía. Estamos hablando de una época muy difícil, los 30. No olvidemos qué iba a pasar al final de esa década en Europa. Pero, ¿ocurría algo similar en Estados Unidos?¿Hasta donde está el pueblo dispuesto a llegar denunciando la injusticia? McCoy pone en entredicho la libertad de expresión, los que defienden lo justo (de puertas para dentro), la falsa igualdad racial americana, la diferencia de clases. No es de extrañar que se le prohibió la publicación de la novela durante diez años en Estados Unidos, y cuando se publicó, suavizaron la novela. ¿Más realidad ficticia?

Dejemos las cosas claras. La literatura del género negro no se caracteriza precisamente por una alta calidad estilística, según los cánones literarios habituales. Pero a temática visual, directa y concreta, no le gana ningún otro género. Visto lo visto, leído lo leído, creo que la literatura de Horace McCoy habla por sí sola. Los sudarios no tienen bolsillos justifica el paternalismo del autor en el género, quizá por la pureza temática, quizá por su estilo. Mucha novela negra, mucha hard-boiled. No hablamos de literatura como genéricamente se entiende. Hablamos de género negro con todas las letras, en negrita, cursiva y subrayadas. Y en este preciso instante, creo que yo si me tapo la nariz con mis dedos. Estas líneas pueden parecer un panfleto político, una reivindicación, una denuncia, no sé, poned la etiqueta. Pero una cosa tengo clara. Con Los sudarios no tienen bolsillos, a buen entendedor… literariamente hablando.

Rubén Soriano

MML

Los sudarios no tienen bolsillos.

Horace McCoy.

Ediciones Akal (Básica de bolsillo)

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