00106520658789___P1_1000x1000 - copiaNo tanto por la contrariedad como por la admiración sospechada y advertida que el sueño estos últimos días ha sido complicado de concebir. Y no solo el sueño. Mi mente y mis manos están en un estado de sobriedad ebria, perdón por el símil, dando tumbos y buscando llegar a esta misma causa. Decidí hacer el viaje que años atrás, muchos, hizo el gran florentino acompañado y guiado por su admirado Virgilio al más clásico e irónico de los avernos, pero no pude más que llegar a su primer círculo. Creí oportuno quedarme junto a los grandes, sin pena y aún más con gloria, ya que en este viaje me acompañaba uno de ellos. De hecho aún me acompaña. Malcolm Lowry aceptó en su día el reto y, bajando a las profundidades de la eternidad, caminamos por la incansable búsqueda del amor por la libertad individual, haciendo frente al miedo a los convencionalismos, o clasicismos convertidos a veces en clasismos, y llegamos por la depravación de la locura hasta la desesperación. En otras subjetivas palabras, llegamos a ese Tártaro, Bajo el volcán.

Then will I headlong fly into the earth: / Earth, gape! it will not harbour me! (Volaré más bien de cabeza al interior de la tierra: / ¡Ábrete tierra!, no querrá recibirme.)

Ya desde un principio, y por eso aludo a él como mi guía, Lowry es quien nos reta a introducirnos en una obra más que complicada, de difícil acceso literario, donde la simbología y las imágenes cobran significado, más que las palabras en sí mismas. El hecho de que el mismo autor introduzca, con su literariedad, los obstáculos con los que el lector tropezará previene la densidad semántica de las ideas plasmadas página tras página, sin descanso. Con pinceladas autobiográficas, Lowry ha dibujado una constelación de imágenes contemporáneas al desarrollo de Bajo el volcán, que incluso en sus diálogos y monólogos interiores reina el oscuro desafío de iluminar una realidad pastosa, mezclada con el romanticismo egoísta de la desesperación autodestructiva. Quizá sea por el significado global de la obra, no me resultaría ofensivo descubrir cualquier punto o pasaje de la novela, sea el principio o final. Lowry avanza desde sus comienzos de viaje a hilvanar, con frases exageradamente extensas, gramática muchas veces indescifrable, y diálogos que rozan la incoherencia, esa inteligencia literaria que el lector va asumiendo poco a poco y que hará suya al finalizar el camino. No existen fisuras. No hay dudas. Hay destrucción personal. Hay imperfección interior. Hay por qués. Hay causas. Hay literatura.

¡Chimborazo, Popocatépetl – así decía el poema que gustaba al cónsul- le habían robado el corazón! Pero en la trágica leyenda indígena, el Popocatépetl resultaba ser, por extraño que pareciera, el soñador: el fuego de su amor guerrero, que nunca se extinguió en el corazón del poeta, ardía para siempre por Ixtaccíhuatl, a quien perdió tan pronto como la hubo encontrado, y a la que velaba en su sueño eterno“.

La visión dramática del amor perdido, reencontrado sin posibilidad de recuperación entre Geoffrey Firmin e Yvonne, los dos protagonistas de Bajo el volcán, ha servido para que Malcolm Lowry desarrolle el vínculo imaginario entre el significado simbólico del romanticismo conceptual y la debacle de la rendición humana por la pérdida de fuerzas ante lo abandonado de manera consciente. Los dos volcanes mencionados en la cita anterior, el Popocatépetl y el Ixtaccíhuatl, presentes a lo largo de toda la novela, forman la representación perfecta de la lucha por el amor ideal individual, una fuerza por combatir una situación real de la época donde la libertad de convivencia era poco más que el idealismo poético que el protagonista recalca bajo su frustración. La simbología en Bajo el volcán hace mella en aquellos años finales de la década de los 30, cuando se perdía la Batalla del Ebro, cuando la religión extranjera se sentía extraña, y cuando el ser humano se sentía no menos que esa religión extranjera. Desde el estado ebrio del personaje, Lowry plasma en las palabras una fuerza destructiva, más bien autodestructiva, llena de connotaciones en busca de un sentimiento de pertenencia a un lugar, representado en la incapacidad de recuperar el amor perdido. Decadencia sentimental idealizada, con la finalidad de buscar una salida al propio yo. Los celos por su hermano Hugh, enamorado también de su mujer, por su amigo Laurelle, la pertenencia plena al alcohol, hacen que el protagonista vea en el imponente volcán una luz hacia la recuperación de su yo perdido.

¿Le gusta este jardín, que es suyo?¡Evite que sus hijos lo destruyan!

Algo que se puede considerar sublime en la literatura de Lowry en Bajo el volcán es el uso indiscriminado, que no indisciplinado, de los símbolos. Ya la trama principal es la mayor de las imágenes, justificada con excelencia con una referenciación a varios clásicos de la literatura universal, todos ellos con un denominador común: la irónica visión de la época en la que fueron concebidos. Lowry radicaliza esa desesperación autodestructiva del personaje con una visión personal de la Divina Comedia, al igual que hace partícipe a Firmin de la suerte de Fausto, sin olvidar los delirios quijotescos provocados por el mezcal (bebida alcohólica mexicana). Rozando el sarcasmo corrosivo, Lowry dibuja un descenso agonizante al abismo más oscuro y doloroso del ser humano, un infierno personal que conlleva al suicidio más involuntario que concienciado, para después reflejar la eternidad inconcebida tras la muerte. En Bajo el volcán apreciamos un mundo que al mismo tiempo representa el Paraíso y el Infierno, un jardín que no hay que destruir, y la mejor forma es no pisar la hierba, siempre y cuando no seas expulsado. Un paraíso de felicidad con la angustia infernal que Lowry no cesa en reflejar. Una lucha por no caer en la “barranca” y permanecer después en el eterno Tártaro. Una y otra referencia al trastorno personal invocado por una realidad de lucha incesante, donde una vez implantado un sentido de la vida ajeno, batallará por seguir siendo ajeno, al igual que al hombre que le implantan las manos de un asesino fallecido, despertará su sed de sangre. Numerología (el número siete, espiritualidad, conexión perfecta entre lo divino y lo terrenal, el número doce, el ciclo eterno,…), la astronomía, el esoterismo, son todo armas que Lowry mantiene en su arsenal para implicar al lector en su complejidad literaria y formarle como peón de batalla. Una armonía melódica en forma de principio sin final que mantiene la atención durante el transcurso del viaje, y que involucra cualquier aspecto en la semántica global.

No tengo casa, nomás una sombra. Pero cuando necesites una sombra, mi sombra es tuya“.

Todo han sido citas de Bajo el volcán que, subjetivamente, he supuesto adecuadas para estas líneas. Si bien al principio me quedé en el primer círculo del Infierno, ahora puedo asegurar que llegué hasta el noveno, el más estrecho, a la sombra, como en “El Bosque”, al último y más profundo de los reservados. Una sombra que permanece en mi interior desde que terminé la lectura de la novela. Me advirtieron, lo admito, que habría un antes y un después literario en mi vida como lector. Siento discrepar. La mayúsculas existen en los escritos literarios. Malcolm Lowry plasma una literatura de culto, con inteligencia concebida incoherentemente. Quizá una literatura de placer, o un placer de literatura. Una situación de conflicto real, época de guerras, de incomprensión, de intolerancia, de prejuicios contra la libertad individual, contra los ideales, simbolizados en la agonía de la pérdida de la entereza humana, del amor a una mujer, y el hundimiento en el abismo profundo del alcohol, camino de la eternidad infernal. Ha sido un viaje corto en este escrito, se necesitan horas y un desgranado minucioso para sentir la desesperación infernal, y plasmarlas en palabras. Se necesita una vida, en el 38, para estar Bajo el volcán.

Rubén Soriano Soriano

MML

Bajo el volcán.

Malcolm Lowry.

Tusquets editores (Colección Maxi)

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