B7PFJ4cCYAAKbfpTodos tenemos ese momento de frágil debilidad en la que necesitamos, sin opción alguna, reencontrarnos con nosotros mismos, viajar a nuestro fuero más recóndito para buscar el más mínimo apoyo en situaciones que, aún no de dificultad extrema, requieren atención personal. Y muchos – inclúyase a un servidor – nos trasladamos en el tiempo y recapacitamos sobre quienes somos y por qué somos. Sentimiento de nostalgia momentánea que dulcifica la existencia, calor humano, inocencia – y de vez en cuando cierta – plausible en apenas unos minutos y que el recuerdo nos lleva a mostrar una leve sonrisa, mientras cabizbajos sopesamos el asentimiento. Si aún existe duda alguna sobre lo que afirmo, sólo hay que abrir Memoria del Paraíso y relajarse. Juan Sevillano te ofrece el vehículo para realizar tan necesario viaje, a veces.

Una manera sincera de comenzar una reseña que para mí significa un mundo. Últimamente el único género que cae en mis manos es novela negra (debilidad por mi parte), pero no podía dejar pasar la oportunidad que me ha brindado mi vicio lector de cerciorarme que hay otras narrativas que remueven el alma. Y estoy escribiendo estas líneas al poco de iniciar mi lectura de Memoria del Paraíso. Porque es algo extraño. El primer párrafo de esta publicación es la proyección de lo que transmiten esas primeras páginas. Y ahora, unos minutos después, me doy cuenta que esta novela encierra un sinfín de sensaciones diferentes y que no hay que intentar evitar la fuerza que te arrastra a sentirlas.

Tanto que describir que uno duda qué es lo más intenso. Estamos ante una narrativa entre epistolar y periódica, una especie de diario al que el protagonista llama “Cuaderno de Notas” y que describe su vida en un barrio de la capital. No, no os dejéis engañar. Me refiero a una vida en mayúsculas, una vida proyectada desde los ojos de la infancia en un momento de la historia de este país en la que se mezcla inocencia, amistad, amor, sufrimiento, fe, educación, y una larga lista, casi interminable, de elementos escasos hoy en día y de los que de vez en cuando el ser humano necesita alimentarse. Quizá estéis pensando que no tiene nada de interesante la historia. Posiblemente tengáis razón. Posiblemente sea una narrativa vacia de acción argumentativa, pero si algo consigue Juan Sevillano es llenar al lector desde la primera página, y lanzar tu alma y tu corazón al cielo como si de un globo lleno del gas noble más risueño se tratara. Pues, sobran los llenazos de argumento.

Me refiero a una vida en mayúsculas, una vida proyectada desde los ojos de la infancia en un momento de la historia de este país en la que se mezcla inocencia, amistad, amor, sufrimiento, fe, educación, y una larga lista, casi interminable, de elementos escasos hoy en día y de los que de vez en cuando el ser humano necesita alimentarse

El primer sentimiento que el lector acusa es la nostalgia. Ya en la primera parte, breve si al caso, el autor informa indirectamente que el regreso a unos momentos inolvidables para el ser humano va a ser la pauta que domine durante toda la obra. Perder algo que ha marcado tus momentos más importantes de la vida siempre provoca tristeza, pero si el autor decora la narración con un tono tan solemne que roza la exquisitez, esa tristeza se transforma en melancolía con toques de calidez humana. Un vocabulario trabajado a conciencia que surge de manera natural de la pluma del autor, unas figuras literarias que acuden solas a presenciar el desarrollo, son los adornos perfectos para trasladar al lector a un Madrid de finales de los 50 en el que, mediante el enfoque inocente de un niño, nos adentra en un mundo que hacemos nuestro a la primera de cambio, con una naturalidad entrañable, comenzando un viaje que enmascarado en primera persona protagonista descubrimos que estamos centrándonos en nosotros mismos y en lo que guardamos en el rincón más interno de nuestra persona. Y sin sistema de frenado posible.

Desde que empecé esta reseña, he estado indagando en mi mente más distante buscando la palabra perfecta – o palabras – para una definición sencilla y precisa de Memoria del Paraíso. Cercanía. Cercano y familiar, posiblemente sean las elegidas. Si tenemos en cuenta que la historia en su totalidad se centra en la recepción de la noticia, presente incluído, de la despedida definitiva de uno de los mejores amigos del protagonista, mientras se va descubriendo el desarrollo vemos una intromisión en la piel del protagonista por parte del lector. Una intromisión que se agudiza cuando un niño de unos once años – espero que el autor me perdone por no recordar la edad exacta – hace de pantalla de lo que en verdad es nuestro recuerdo, nuestras sensaciones, nuestras experiencias, nuestra inocencia, de cada lector, y que son elementos necesarios en muchos momentos de nuestro día a día. El modo de describir el barrio, el castizo carácter de todo cuanto le rodea, la intensidad educacional de la época, nos descubre una época que de oídas sabemos poco – al menos los de mi generación – pero que de la temática de ese “Cuaderno de Notas”, demasiado.

…descubrimos que estamos centrándonos en nosotros mismos y en lo que guardamos en el rincón más interno de nuestra persona

Y son estas descripciones del “Patio” – ese “lugar de encuentro para lisonjas, chismes, extravios y demás aparejos de barriada” – y de su gente, cotidianidad incluída, lo que don Juan Sevillano – de pequeño aprendí que ese tratamiento, además de irónico, dedica respeto a alguien que infunde grandeza y saber hacer – más se precia de utilizar para plasmar ese insólito realismo a la narración. Seré reiterativo en el detalle, y pido disculpas, pero sólo el sentimiento de ver a través de los ojos de M** – protagonista del paraíso y de libre interpretación – una realidad tan tangible resulta sobrecogedor, y al mismo tiempo, una sensación de humanidad cubierta de una cálida atmósfera de inocencia inunda el interior de todo aquel que se adentra en la Memoria del Paraíso.

Me atrevo a juzgar, con la osadía de intuir el permiso por don Juan Sevillano, la línea seguida en el desarrollo de la obra. No para mal deduciré que el señor Sevillano es un experto en jugar a cruzar la línea entre la memoria, los recuerdos, aunque sean ficticios, la realidad, y los deseos de necesidad del lector. Como una persona sabia me dijo un día, “la experiencia es un grado”, y permítame, señor don Juan Sevillano, usted se graduó con honores en Memoria del Paraíso. Una novela narrativa que, a parte de recomendar leerla, es una ocasión única, o casi única, de encontrar un rincón en este mundo para sentirse feliz, con nostalgia, pero con las cinco letras: feliz.

Memoria del Paraíso

Juan Sevillano Rojo.

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