La-noche-de-los-peones_blog«El frio parecía haberse establecido en la ciudad, después de la anormalidad otoñal, o pseudo-otoñal que habíamos sufrido. Con un “plumas” abrochado hasta casi la barbilla, pedí un café desde la repisa de la ventana que daba directamente a la barra de la cafetería. Era algo habitual, como si tuviera pleno derecho a posicionarme en esa especie de barra improvisada, hubiese quien hubiese, como quien reserva un palco vip para toda la temporada del teatro Principal.
-¿Ya has terminado el libro? – La propietaria del bar sabía de mi adicción por los libros, y siempre me preguntaba por mi última hazaña literaria, quizá por envidia, totalmente sana, de saber que yo disfrutaba leyendo día tras día, y ella, imposibilitada por un horario más que infernal, no podía hacer uso de su placer más preciado. – ¿Cómo me dijiste que se titulaba?¿La noche de los peones, cierto?
-Exacto, de Esteban Navarro. Lo terminé anoche, no podía esperar más a saber como acababa. Y es de los tuyos, te gustará, ya verás».

No es del todo ficticio este fragmento que he escrito en apenas unos minutos. Quitando algunas palabras más de uso literario, con algunos recursos como las comparaciones o las estructuras gramaticales un poco más elaboradas de lo habitual para una conversación de calle, fue así como conté que había terminado de leer La noche de los peones, de Esteban Navarro. Y si he empezado esta reseña de esta forma, es porque he querido “homenajear” en cierto modo, al autor del libro, con uno de los aspectos que más resaltan cuando lees la obra.

Una noche. Solo una noche basta para adentrarse en la vida de dos personas, Andrés Hernández Mancilla y Diana Dávila. Un policía con 25 años de servicio, y una agente en prácticas, ambos trabajando en el turno de noche en la comisaría de Huesca. Una comisaría tranquila, donde no hay mucha acción, pero que esa noche un solo suceso va hacer que las vidas de los dos cambien por completo. Una llamada del hospital acerca de la muerte de un vagabundo, amigo de la infancia de Andrés, provoca una reacción en cadena de investigaciones y recuerdos del pasado que, sin saberlo, hará que los dos protagonistas revisen su vida desde la intimidad más secreta, viajando al mismo tiempo por las últimas décadas de este país.

La historia, planteada de esta guisa, ya es atractiva por ella sola. El principio de esta reseña plasma la imagen de una conversación corriente, en un día a día cualquiera, sin tener que esforzarse demasiado en imaginar cómo sería. Esteban Navarro no sólo hace que la historia sea fácil de ver, él va más allá. Crea una historia llena de intriga, narrando cada detalle con minuciosidad, y elevando el realismo de la historia hasta el punto que nos veamos a nosotros mismos como posibles protagonistas. Quizá el conocimiento de la vida de un policía (gajes del oficio), quizá la experiencia en el día a día de una comisaría, quizá la madurez personal (sin rencor alguno, puesto que como me decían de pequeño, “la experiencia es un grado”), quizá un combinado de todo ello, permitan al autor a ser el especialista que demuestra en La noche de los peones en plasmar una sencilla realidad dentro de una gran historia de emoción intrigante, propia de las mejores novelas policíacas. No necesita de una historia llena de zigzags misteriosos, ni de despistes encubiertos para hacer de algo tan sencillo (ya se que unas líneas antes hablaba de una gran historia, no es excluyente, ya veréis) como una simple muerte en una pequeña ciudad notificada a una pequeña comisaría de policía, en una apasionante espera de un desenlace que el lector es incapaz de prever, ni de hacer cábalas sobre las cinco preguntas esenciales del género (por qué, cómo, cuándo, dónde y quién), y menos aún aventurarse a sospechar. No quisiera llamarle maestro del “suspense realista”, pero La noche de los peones podría ser un claro ejemplo de hasta qué punto el suspense puede llegar a ser considerado “realista”, sin necesidad de florituras policíacas ni enigmas indescifrables para contar lo que se quiere contar.

El realismo de esta obra no viene caminando solitario por las páginas del libro. De la mano lleva al lenguaje claro, conciso, sencillo, del mundo real, que conlleva a una visión más personal de todo el enigma presentado en el tablero. Si Esteban Navarro plasma realidad mientras escribe, lo hace a partir de la caracterización de los personajes, personas “reales”, ficticias en la obra, a quienes todos conocemos, o creemos conocer. La proximidad que siente el lector a Andrés, a Diana, a Lisandro e Iván, incluso a Miguel Ángel, crea un aire de integración en la historia que promueve una visión personal que cada uno tenemos en nuestras vidas, y que llega a hacernos una pregunta que muchos no se atreven (perdón, atrevemos) en ocasiones a hacerse. Una reflexión de la vida que llevamos, o cómo la queremos llevar, que visión tenemos de nosotros mismos, hace que la emoción del misterio en La noche de los peones sea nuestra, y sentirnos necesitados de seguir adelante para terminar con la intriga, y saber si nosotros, los peones, tenemos nuestra función dentro del tablero.

«-Entonces, ¿crees que me gustará? – No parecía muy convencida. Estaba ya un poco harta de que todos los libros del género que caían en sus manos tuvieran una estructura muy similar, como las series de policías que han invadido la pequeña pantalla.
-Totalmente diferente a lo que has leído. – No iba a mentirle, tenemos demasiada confianza para decirnos las cosas como son. – La historia es muy sencilla, pero vas a quedarte enganchada en cuanto lo cojas. Un lenguaje muy claro, una historia que fácilmente nos podría pasar a cualquiera, y encima intrigante hasta el final. Me quedé con la boca abierta cuando llegué a los dos últimos capítulos. Y vas a pensar lo que no está escrito. Es de lo mejor. Recuerda, La noche de los peones, de Esteban Navarro, Ediciones B

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