Sin destino. Aberrante felicidad inhumana. Imre Kertész

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sin-destino (1)Debo, o me propongo más bien, hablar de una novela de la cual tengo mucho y nada que decir. “De todas formas –añadí– yo no me di cuenta de que eran horrores”. Posiblemente es la frase que más frío evoca de toda la narración. Más incluso que “Así me di cuenta de que hasta en Auschwitz uno puede aburrirse, en el supuesto de ser uno de los privilegiados que se lo pueden permitir”. Es verdad que he descubierto la narración por destino, porque la providencia ha hecho que llegara a mis manos algo aberrante que como acertadamente indica Acantilado, deja huella. La he clasificado como aberrante en el sentido más humano y literario, como el más puro halago hacia la excelencia literaria que jamás he sostenido entre mis manos sobre el sufrimiento en aquellos campos de concentración que cambiaron la humanidad. Imre Kertész sufrió, y Sin destino evoca irónicamente literatura, dando a conocer una nueva acepción para la palabra sufrimiento.

Asombrosa, para suavizar la aberración, es la aceptación por parte de un adolescente de su destino. Sin destino proyecta un año y medio de traslados, de enfermedades, de juegos de mente en un individuo que piensa que llegar a Auschwitz fue muy sencillo: “Solo tuve que bajarme del autobús”. Un autobús con un destino sin final, al que el protagonista intentará llegar de la mano de la comprensión sobre el porqué está allí, sin entender ni un ápice la obsesión por diferenciarse entre ellos mismos. Una estrella que sabe que debe coserla, un adorno que acepta sin preguntarse por qué. Una misericordia ante aquellos que le dan órdenes porque entiende que así debe ser. Un año y medio durante el cual descubre que la terquedad, y el no mirar el pasado y no adelantarse al futuro, es un bastón de apoyo para continuar, incluso cuando ve que él mismo está desapareciendo. Es una de las mejores y de las más aberrantes novelas que he leído. Sin más.

Siempre hay un destino en la novela de Kertész, aunque ese destino nunca se conoce. El presente es la vida. El pasado y el futuro darán problemas. No existen

Imre Kertész hace uso de la tranquilidad narrativa para dibujar aquello que va paralelo al horror, al miedo. Al odio. Acostumbrados a escuchar tonos rebosantes de ira en las narraciones, Kertész ofrece al lector una compañía grata, sinceridad mediante, con la que pretende solamente la comprensión de lo que nadie entendió, y es la visión de los propios habitantes de los campos sobre qué vivieron, cómo vivieron, y sobre todo, si a ese año y medio de no vida se le puede denominar vivir. Regala al lector un viaje por diferentes etapas, pasos que el protagonista da siempre hacia delante, porque es lo que debe hacer. Esperar junto a él en las colas de reconocimiento y aptitud, subirse al vagón esperando llegar al destino de trabajo. Siempre hay un destino en la novela de Kertész, aunque ese destino nunca se conoce. El presente es la vida. El pasado y el futuro darán problemas. No existen. Posiblemente esa sea la pregunta que tanto el protagonista como el lector se hacen mientras día tras días ven un destino diferente: ¿Qué existe?

Dije que tenía mucho y nada que decir. La novela de Imre Kertész hay que vivirla, no leerla. El destino de cada uno de los lectores es indefinido, pero sí hay uno muy bien definido para Sin destino: ser una de las grandes. En mi experiencia personal, diré que la tristeza se apoderó de mí ante semejante aberración literaria. Era un paso más de los que debía dar. No hay que volver atrás en la lectura. Ni aferrarse al qué pasará. Sin destino ofrece el presente – del final de la Guerra – y una comprensión digna de un gran escritor. Y de un ser realmente humano, por muy inhumana que sea su historia. “Al fin y al cabo, vosotros también sois húngaros”. Nada más.

Rubén Soriano

MML

Sin destino

Imre Kertész

Acantilado

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